domingo, 15 de febrero de 2026

Finlandia traslada Sitges a la Berlinale



Que la primera película a competición que se consigue ver en el Berlinale Palast sea 'Yön Lapsi', o 'Nighborn', de la finlandesa Hanna Bergholm, no es exactamente entrar con buen pie en la 76 edición de la lucha por los Osos. Las dos primeras jornadas habían quedado bloqueadas, o casi, por cuestiones de política global, léase la atención debida a la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC). A la tercera se llegó con la lengua afuera, sin tiempo para soltar la maleta en casa y gracias a que, por una vez, la Bahn cumplió con sus horarios.

Parece un mal chiste dedicar tanto esfuerzo y estrés a un producto como esa película, una especie de "La semilla del diablo", pero trasladada a un bosque finlandés, con un padre determinado a ver al que cree su bebé como un ser normal, mientras la madre siente cómo su criatura la devora, tanto a ella como a cualquier producto cárnico a su alcance. Dio ocasión a sentirse de pronto trasladado al Festival de Cine de Terror de Sitges. No solo por la temática, derroche de sangres y carnes crudas, sino porque además la única forma de verla en ese día era justo en la sesión de gala o estreno oficial. Eso significa, con público real, no con representantes de los medios o crítica especializada. El Berlinale Palast reprodujo así lo que se vive en Sitges, sea en el viejo cine del Casino Prado o en el Melià u otras de las salas habilitadas para los pases de sus terroríficas películas: mucha estética freak, público devoto y esencialmente joven y, en este caso, muy nórdico. Un público determinado a expresar sus entusiasmos, con risas cómplices desde los créditos. Hay que desearle, efectivamente, a Bergholm y su equipo, que les seleccionen para el próximo festival de Sitges, donde sin duda se les aclamará como se merecen.

Al final, y pese a ser la película lo que es, un producto de terror sanguinolento, el espectador no necesariamente asiduo a este tipo de cine acaba empatizando con ese pobre matrimonio ecologista, desbordado por el bebé que crece y crece. Incluso lo aceptará, tal como hará la madre, una vez encaja cuál es su función en esta vida: amarlo y dejar de ver en él a un monstruo.

Por lo demás, el discurrir de la Berlinale amenazaba en convertirse en un escaparate al servicio del periodista, bloguero o activista político Tilo Jung. La primera conferencia de prensa con Wim Wenders fue la etapa prólogo de su tarea de moverse como un intruso entre los medios que siguen el festival. El cine no es lo suyo ni le interesa. No planteaba, ni lo intentaba, ninguna pregunta relativa al filme que se acababa de presentar. Insistía una y otra vez en cuestiones políticas, principalmente el presunto 'silencio' del festival sobre Gaza. Algunos de los cineastas o actores mostraban cierta impaciencia o incomprensión. Otros respondían como podían.

A falta de asuntos cinematográficos de más calibre, 'Variety' dedicó espacio y un par de preguntas en su cobertura del festival el debate desatado por ese periodista alemán, nacido para ser estrella. Más guapo y más joven que la mayoría de los críticos, con su camiseta blanca y un aire de rebelde sin o con causa.

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