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sábado, 22 de febrero de 2025

Oso a Oso





A la entrega de los Osos suelen seguir titulares de críticos o enviados especiales disconformes con el veredicto del jurado, calificando el palmarés de 'contra pronóstico', 'sorprendente', 'incomprensible', 'desequilibrado' o, directamente, 'robo'. Proceden generalmente de enviados que o no vieron la película, porque la proyectaban a primerísima hora, o se salieron en medio porque no le valoraron posibilidades.

Lo de salirse antes de terminar el filme suele ocurrir en películas de contenido identificable como femenino, interpretado esencialmente por mujeres, pero que no incluyen escenas de sexo explicito o lesbianismo. En ese caso, el machirulismo asistente tal vez se habria quedado pegado a la butaca hasta el final.

Por ahí fueron más o menos los comentarios tras otorgar el jurado presidido por Todd Haynes su Oso de Oro a la noruega 'Drommer', 'Dreams'. Si al menos el premio se hubiera ido a la película del mismo título en inglés, interpretada por Jessica Chastain, tal vez el disgusto de este sector habría sido menor. Al menos ahí sí se asistía a escenas explícitas. 

A alguno se le fue la pinza misógina en su crónica final sobre el palmarés. Para este sector, ese Oso solo podía obedecer a un claro favoritismo por lo femenino, en un festival cuya dirección por primera vez recaía en una mujer, Tricia Tuttler.

El palmarés de esta 75 edición sí fue contra pronóstico o sorprendente, pero no incomprensible, ni desequilibrado y en ningún caso un robo. Se llegó al final del desfile de aspirantes sin favoritos claros, con algunas decepciones por parte de las películas más esperadas -como el 'Dreams' de Michel Franco con Chastain- y una serie de títulos llamados 'modestos' o de bajo presupuesto más que destacables. Ese es el caso del 'Drommer' noruego.

Ahí va un párrafo para cada uno de los Osos u ositos de la competición oficial:

Oso de Oro: 'Drommers', del noruego Dag Johan Haugerud, es una de esas películas escandinavas que sale con premio de la Berlinale tal vez porque todo funciona y nada chirría. Gira en torno al dilema entre una estudiante y la profesora de la que se enamora, más la madre y la abuela de la chica que no saben si denunciar a la docente o alabar ese amor.

Oso de Plata Gran Premio del Jurada a la brasileña 'O ultimo azul', de Gabriel Mascaro. Otra película de presupuesto modesto magníficamente interpretada en torno a la abuela a que arrebatan todo cuando la jubilan, incluido el derecho a cumplir su último sueño. Nada que objetar a una película que retrata sin contemplaciones el maltrato estatal y familiar a los viejos.

Oso de Plata Premio del Jurado a la argentina ‘El mensaje’, de Iván Fund’, otra excelente película sobre la niña con poderes especiales para comunicarse con las mascotas. Una habilidad que no llega a demostrarse, pero que permite al trio protagonista subsistir a salto de mata con lo que les pagan los propietarios del gato, perro, pájaro o tortuga que enfermó, murió o de pronto se comporta de un modo extraño. 

Oso de Plata a la mejor Dirección para Huo Meng, por ‘Living the Land’. Tal vez deberían haberla ascendido al Oro. Pero siendo que desde hace décadas la Berlinale viene ofreciendo y premiando tanto excelente cine chino a lo mejor habría sonado a más de lo mismo. Es una historia familiar impecablemente filmada. Nada que no se haya visto anteriormente en este festival.
 
Oso de Plata a la mejor Interpretación protagonista para Rose Byrne, la desbordada madre y terapeuta de ‘If I Had Legs I’d Kick You’. De nuevo se echó de menos el no tan alejado pasado en que había Oso al mejor actor y a la mejor actriz. El actual oso sin concreción sexual resulta un tanto 'woke' y hace que se quedara sin premio, por ejemplo, el magnífico Andranic Manet, el asimismo desbordado protagonista de la francesa 'Ari=.  

Oso de Plata a la mejor Interpretación de reparto a Andrew Scott, por ‘Blue Moon’. Otro premio muy bien dado. Sirve, por contraste, para destacar lo mal que está en esa misma película de Richard Linklater su protagonista, Ethan Hawke. 

Ende gut, alles gut. Cerró la parte periodísticamente relevante de la 75 edición de la Berlinale. La 34 en el cómputo personal. Un año más, ininterrumpidamente y desde 1992. Esta vez, la jornada adicional del domingo, el llamado Día del Espectador, estaría volcado en el Bundestagswahl.

lunes, 17 de febrero de 2025

Las puertas correderas no dan la felicidad


No es lo más habitual que en una misma Berlinale coincidan dos películas alemanas que resulten buenas o destaquen por su buena interpretación. No es por falta de presencia del cine anfitrión, porque un festival subvencionado como la Berlinale no podría permitírselo. Pero incluso en ediciones donde ha habido dos o tres representantes locales, más coproducciones con participación germana, el balance final es de, como máximo, una buena y el resto no, sea por pretenciosa, aburrida o solo apta para el público de la casa. Por no hablar de los años en que el festival tuvo que dar explicaciones por no haber incluido en su competición títulos que luego aclamó la Academia de Hollywood, como 'La vida de los otros'. La lista de olvidos históricos es larga. La de inclusiones a concurso de películas fallidas, simplemente por 'anfitrionas', aún lo es más.
La primera edición bajo Tricia Tuttle ni abusó ni ignoró el cine alemán. Dos de las películas a concurso identificables como 'alemanas' salieron más que bien paradas. No pecaban de excesivas, estaban magníficamente interpretadas y presentaban situaciones no tan comunes. La primera, 'Was Marielle weiss', de Fréderic Hambalek, coloca a un desbordado matrimonio ante el tierra trágame de un hija adolescente que escucha y ve todo, pero todo, lo que esos dos adultos llamados padres dicen cuando no está delante. Por todo se entiende los flirteos subidos de tono de la madre, Julia Jentsch, con un colega de trabajo. O las arrogancias del padre perfecto en su ámbito laboral. Una situación insostenible y embarazosa para progenitores y adolescente, que Hambalek resuelve con ironía. Fue el regreso de Jentsch convertida en adulta, años después de ganar el Oso de Plata por su iluminada interpretación de la adolescente Sophie Scholl, paradigma de la resistencia contra el nazismo.

La segunda fue 'Mother's baby', de Johanna Moder, que en realidad es austríaco-suiza, pero que se percibe como alemana. Ahí no hay risas posibles, sino una exitosa directora de orquesta que queda embarazada gracias a los prodigios de la ciencia, pero que cuando tiene el bebé en sus brazos no sabe si es suyo. ¿Depresión post-parto o una revisión de 'La semilla del diablo'? La duda es legítima y la intención del filme es que uno salga del cine sin acabar de decantarse por lo uno o por lo otro.

Pero no es esa la única incertidumbre que dejan ambas películas. El tono es distinto, pero comparten un denominador común inquietante: por qué nos empeñamos en habilitar nuestros hogares con puertas correderas, sinónimo de aislamiento térmico, acústico, en hogares modernos de líneas impolutas Bauhaus, en frío acero o en madera. Se las identifica con bienestar y silencio. Pero al final los seres que habitan tras esas puertas correderas no saben ahuyentar mejor que el resto de los mortales sus problemas. Ambos acomodados hogares, la del matrimonio espiado por su propia hija y la del bebé surgido de una siniestra clínica privada, viven en ese tipo de casas unifamiliares o apartamentos dotados de puertas correderas. Nada les aisla de sus demonios interiores.
 
Cero aislamiento término proporcionaba el regreso a casa pasadas las 23.00 desde la Haus der Kulturen der Welt, en el corazón del Tiergarten. Adentrarse en el bosque que envuelve la que fue la sede de mis primeras Berlinales da miedo. Ahí la nieve es más fresca y menos propicia a resbalarse. Pero hay que tener el arrojo que se tuvo en esos primeros años berlineses para atreverse. Esperar el autobús, a -7 grados, tampoco es opción. Finalmente se decide uno por andar sobre la algo más segura calzada hasta la Brandeburger Tor. Es algo más que un kilómetro, pasan pocos coches y se hace largo. Pero cuando aparece finalmente la silueta de la Tor al final del último tramo de pista deslizante se da todo por bueno. Todo o casi todo. El motivo para arriesgarse hasta esa algo remota sala era recuperar una película no vista en el pase oficial. 'La tour de glace', una atrocidad soporífera protagonizada por Marion Cotillard en formato 'Reina de las Nieves'. Son 118 minutos que no aportan nada. El regreso a casa acaba siendo más gratificante y bello que seguir en la sala. La excursión sirve de pretexto para recordar esos primeros tiempos en que ese mismo lugar era la sede oficial de la Berlinale y tu eras unos treinta y algo años más joven.

viernes, 14 de febrero de 2025

Bienvenido el cine familiar chino y sus plañideras


A la Berlinale se acude básicamente en busca de reencuentros. La acreditación de todos los años, el señor que coloca aguas y micrófonos para las ruedas de prensa, que sigue siendo el mismo desde que recuerdas. El frío glacial de la sala de trabajo para los medios, en las catacumbas del Berlinale Palast. O el jurado internacional, donde siempre suele incluirse algún nombre que en el pasado compitió por los Osos. Este año ese papel le correspondió al argentino Rodrigo Moreno, formidable director en 2006 de 'El custodio" y decepción en 2011 con 'Un mundo misterioso'.
Algún colega argentino no me perdonó en su momento la crónica mía, entonces para la Agencia Efe, la de mayor difusión en España y Latinoamérica, sobre ese segundo producto. Atribuyó mi descontento a que no sé de cine. 

La presidencia del jurado no corresponde en este 75 festival a alguien vistoso como Tilda Swinton, sino a un tal Todd Haynes que, como no sé de cine, puedo confesar sin tapujos que no sabía exactamente quién es hasta mirarme el catálogo. Como este blog es privado tampoco me veo en la necesidad de buscar referencias para aparentar lo contrario. Con mencionarlo basta y sobra. Con Tilda, miembro del jurado en 2009, se tenía el factor fotogénico asegurado.
Swinton volvía a la Berlinale, pero esta vez como  receptora del Oso de Oro de Honor, una especie de tributo a esta amiga fiel del festival. 
La homenajeada de la 75 edición, además de brindar buenas fotos, fastidió un poco a la organización por su respaldo expresó al boicot a Israel. 

Es el primer año con Tricia Tuttle al frente del festival y por supuesto saltaron los titulares de la gendarmería política alemana apuntando a desliz antisemita. Otro reencuentro. La reputación de festival político de la Berlinale suele plasmarse con el apoyo a Irán, a Ucrania o a otras latitudes, sin generar demasiada controversia. Con Israel no hay manera de hacerlo bien. La culpa por el Holocausto sigue pesando demasiado como para expresar solidaridad hacia Gaza o denunciar las atrocidades de Benjamin Netanjahu sin levantar sospechas.  

El más notable, puestos a hablar de cine, fue el tributo al buen cine chino que de nuevo rindió la Berlinale. Desde tiempos de Moritz de Hadeln, o incluso antes, hay una o dos o tres producciones asiáticas, preferentemente chinas, que nos saludan en la sesión de las nueve de la mañana. Algunos colegas se la saltan, los más disciplinados asistimos. Pocas veces nos arrepentimos, incluso si eso ocurre hacia el final de los diez días de festival, cuando los ojos empiezan a quejarse de todo.
Este año fue el primer día, gracias Tricia. 'Living the Land', se llamaba la maravilla filmada por Hou Meng. Puro cine familiar chino, que arranca con un entierro donde se nos recuerda la universalidad de las plañideras y también una de las formas de ejercer la brutalidad contra la mujer como son los matrimonios concertados.

El reverso de la medalla fue algo llamado "Hot milk", un despropósito con tres mujeres haciendo el ridículo de diversas formas por las playas de Almería, probablemente Agua Amarga. Una de ellas, Vicky Krieps, actriz formidable según la gente que sí sabe de cine. 





 

sábado, 24 de febrero de 2024

Dahomey y el hipopótamo Pepe


 La descolonización de los museos africanos se alzó con el Oro de la Berlinale

Joana Serra




La Berlinale repartió sus premios principales entre dos filmes que saltan del colonialismo al desarraigo: el Oso de Oro fue para la franco-senegalesa “Dahomey”, de la directora Mati Diop, una película en formato de falso documental que recorre la restitución de 26 obras de arte desde París a Benín. Y el Oso de Plata al mejor director fue para el dominicano Nelson Carlos de los Santos Arias por su fascinante historia del hipopótamo fantasmal “Pepe”. En la primera, la narración corresponde a una de esas piezas que retorna a África desde el expolio; en la segunda, la voz corresponde al animal fugado del zoo del patrón de la droga colombiana, Pablo Escobar. El jurado presidido por la actriz keniano-mexicana Lupita Nyong’o, con el director alemán Christoph Petzold y el español Albert Serra en su equipo, premió así estas dos formas de cine radical entre los 20 filmes seleccionados para su competición oficial.
También radical era “L’Empire”, de Bruno Dumont, que obtuvo el Premio del Jurado con un filme que juega a la ciencia ficción y convierte la parisina Notre Dame en una nave espacial. Menos arriesgado fue el Gran Premio Especial del Jurado para el coreano Hong Sangsoo, un habitual del festival alemán, que presentó su nuevo ejercicio de minimalismo titulado “A traveler´s needs” e interpretado por Isabelle Huppert.
El resto del palmarés incluyó al cine anfitrión a través de “Sterben”, del alemán Matthias Glasner, Oso de Plata al mejor guión; dio a la británica Emily Watson otra Plata como actriz de reparto por su cruel monja de “Small things like these”; y el correspondiente al mejor protagonista al estadounidense Sebastian Stan por “A different man”. La austriaca “Des teufels bad”, un magnífico filme sobre los estragos del fanatismo religioso en la Austria de 1750, ganó la siguiente plata para su impactante fotografía.

Apoyos a Gaza desde el corazón de Alemania

Pero el mensaje más político del festival se fue a Gaza. Fueron varios los miembros del jurado o premiados con los Osos quienes pidieron desde el escenario un alto el fuego inmediato. Y, en lo que concierne al palmarés, recibió el premio al mejor documental “No other land”, del duo israelí-palestino Yuval Abraham y Basel Adra. Se trata de una dura denuncia de la demolición de poblaciones palestinas de Cisjordania por Israel. El galardón plasmó la apuesta política de la Berlinale, especialmente destacable por ser Alemania un país donde, por responsabilidad histórica, su clase política evita criticar al gobierno israelí.
No fue el único alegato por Gaza sobre el escenario: la directora brasileña Juliana Rojas reclamó el alto el fuego al recoger su premio a la mejor dirección por “Cidade, Campo”, de la sección Encounters. Y el equipo entero de “Direct Action”, de Guillaume Cailleau, subió al escenario con el pañuelo palestino para recibir el de mejor filme de esa misma sección, dedicada a los nuevos lenguajes del cine.
No había películas españolas entre las 20 aspirantes a los Osos. Pero sí se colaron en el palmarés del festival dos producciones procedentes de la península, ambas dirigidas por mujeres. Fueron Anna Cornudella, cuyo film “The Human Hibernation” ganó el premio de la crítica internacional Fipresci, mientras que la producción hispano-costarricense "Memorias de un cuerpo que arde", de Antonella Sudasassi, ganó el premio del público de la sección Panorama.
Sin estar en la sección oficial, sino en las paralelas, perpetuaron el buen balance dejado en 2022 -con el Oro a “Alcarràs”, de Carla Simón- y en 2023 -con la Plata a Sofía Otero por “20.000 especies de abejas”-.
“The Human Hibernation” se exhibía en la sección Forum, destinada al cine experimental. Plantea la posibilidad de una hibernación humana por efecto del cambio climático. La costarricense Sudasassi reflexiona sobre la mujer y su liberación sexual, a través de tres personajes femeninos.
A la iraní “My favorite cake”, proyectada en ausencia de sus directores, Maryam Moghaddam y Behtash Sanaeeha, por imperativos del régimen de Teherán, se le reservó el Fipresci correspondiente a la sección oficial, así como el premio del jurado ecuménico. ERa la favorita de las quinielas, pero finalmente solo obtuvo galardones de estos jurados independientes.

Cambio de ciclo


La presente Berlinale cierra el ciclo de cuatro años bajo la dirección colegiada del italiano Carlo Chatrian y la neerlandesa Mariette Rissenbeek, a los que relevará la estadounidense Tricia Tutlle. Su gestión quedó marcada en su primer año por las restricciones por la pandemia y termina salpicada decríticas. En ese periodo el festival alemán ha perdido relevancia y visibilidad mediática frente a sus grandes rivales europeas, Cannes y Venecia.
También ha perdido algo de lo que fue su señal de identidad, el sello de festival popular. A diferencia del elitista festival francés, Berlín pone a la venta entradas para todas sus galas -unas 300.0000-. Las salas siguen llenándose, pero se critica que se haya suprimido la venta en taquilla de las localidades, ya que ahora solo pueden adquirirse online. Ello margina a quienes no dominan la dura competición por hacerse con las más preciadas -que se agotan en minutos-. Elimina, además ese “espacio de encuentro” que formaban los que guardaban cola ante la taquilla, algunos de ellos con sus termos de café, lo que daba aire de “normalidad ciudadana” a los diez días de vida del festival.