A la Berlinale se acude básicamente en busca de reencuentros. La acreditación de todos los años, el señor que coloca aguas y micrófonos para las ruedas de prensa, que sigue siendo el mismo desde que recuerdas. El frío glacial de la sala de trabajo para los medios, en las catacumbas del Berlinale Palast. O el jurado internacional, donde siempre suele incluirse algún nombre que en el pasado compitió por los Osos. Este año ese papel le correspondió al argentino Rodrigo Moreno, formidable director en 2006 de 'El custodio" y decepción en 2011 con 'Un mundo misterioso'.
Algún colega argentino no me perdonó en su momento la crónica mía, entonces para la Agencia Efe, la de mayor difusión en España y Latinoamérica, sobre ese segundo producto. Atribuyó mi descontento a que no sé de cine. 

La presidencia del jurado no corresponde en este 75 festival a alguien vistoso como Tilda Swinton, sino a un tal Todd Haynes que, como no sé de cine, puedo confesar sin tapujos que no sabía exactamente quién es hasta mirarme el catálogo. Como este blog es privado tampoco me veo en la necesidad de buscar referencias para aparentar lo contrario. Con mencionarlo basta y sobra. Con Tilda, miembro del jurado en 2009, se tenía el factor fotogénico asegurado.
Swinton volvía a la Berlinale, pero esta vez como receptora del Oso de Oro de Honor, una especie de tributo a esta amiga fiel del festival.
La homenajeada de la 75 edición, además de brindar buenas fotos, fastidió un poco a la organización por su respaldo expresó al boicot a Israel.
Es el primer año con Tricia Tuttle al frente del festival y por supuesto saltaron los titulares de la gendarmería política alemana apuntando a desliz antisemita. Otro reencuentro. La reputación de festival político de la Berlinale suele plasmarse con el apoyo a Irán, a Ucrania o a otras latitudes, sin generar demasiada controversia. Con Israel no hay manera de hacerlo bien. La culpa por el Holocausto sigue pesando demasiado como para expresar solidaridad hacia Gaza o denunciar las atrocidades de Benjamin Netanjahu sin levantar sospechas.
El más notable, puestos a hablar de cine, fue el tributo al buen cine chino que de nuevo rindió la Berlinale. Desde tiempos de Moritz de Hadeln, o incluso antes, hay una o dos o tres producciones asiáticas, preferentemente chinas, que nos saludan en la sesión de las nueve de la mañana. Algunos colegas se la saltan, los más disciplinados asistimos. Pocas veces nos arrepentimos, incluso si eso ocurre hacia el final de los diez días de festival, cuando los ojos empiezan a quejarse de todo.
Este año fue el primer día, gracias Tricia. 'Living the Land', se llamaba la maravilla filmada por Hou Meng. Puro cine familiar chino, que arranca con un entierro donde se nos recuerda la universalidad de las plañideras y también una de las formas de ejercer la brutalidad contra la mujer como son los matrimonios concertados.
El reverso de la medalla fue algo llamado "Hot milk", un despropósito con tres mujeres haciendo el ridículo de diversas formas por las playas de Almería, probablemente Agua Amarga. Una de ellas, Vicky Krieps, actriz formidable según la gente que sí sabe de cine.


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