La primera edición bajo Tricia Tuttle ni abusó ni ignoró el cine alemán. Dos de las películas a concurso identificables como 'alemanas' salieron más que bien paradas. No pecaban de excesivas, estaban magníficamente interpretadas y presentaban situaciones no tan comunes. La primera, 'Was Marielle weiss', de Fréderic Hambalek, coloca a un desbordado matrimonio ante el tierra trágame de un hija adolescente que escucha y ve todo, pero todo, lo que esos dos adultos llamados padres dicen cuando no está delante. Por todo se entiende los flirteos subidos de tono de la madre, Julia Jentsch, con un colega de trabajo. O las arrogancias del padre perfecto en su ámbito laboral. Una situación insostenible y embarazosa para progenitores y adolescente, que Hambalek resuelve con ironía. Fue el regreso de Jentsch convertida en adulta, años después de ganar el Oso de Plata por su iluminada interpretación de la adolescente Sophie Scholl, paradigma de la resistencia contra el nazismo.
La segunda fue 'Mother's baby', de Johanna Moder, que en realidad es austríaco-suiza, pero que se percibe como alemana. Ahí no hay risas posibles, sino una exitosa directora de orquesta que queda embarazada gracias a los prodigios de la ciencia, pero que cuando tiene el bebé en sus brazos no sabe si es suyo. ¿Depresión post-parto o una revisión de 'La semilla del diablo'? La duda es legítima y la intención del filme es que uno salga del cine sin acabar de decantarse por lo uno o por lo otro.
Pero no es esa la única incertidumbre que dejan ambas películas. El tono es distinto, pero comparten un denominador común inquietante: por qué nos empeñamos en habilitar nuestros hogares con puertas correderas, sinónimo de aislamiento térmico, acústico, en hogares modernos de líneas impolutas Bauhaus, en frío acero o en madera. Se las identifica con bienestar y silencio. Pero al final los seres que habitan tras esas puertas correderas no saben ahuyentar mejor que el resto de los mortales sus problemas. Ambos acomodados hogares, la del matrimonio espiado por su propia hija y la del bebé surgido de una siniestra clínica privada, viven en ese tipo de casas unifamiliares o apartamentos dotados de puertas correderas. Nada les aisla de sus demonios interiores.
Cero aislamiento término proporcionaba el regreso a casa pasadas las 23.00 desde la Haus der Kulturen der Welt, en el corazón del Tiergarten. Adentrarse en el bosque que envuelve la que fue la sede de mis primeras Berlinales da miedo. Ahí la nieve es más fresca y menos propicia a resbalarse. Pero hay que tener el arrojo que se tuvo en esos primeros años berlineses para atreverse. Esperar el autobús, a -7 grados, tampoco es opción. Finalmente se decide uno por andar sobre la algo más segura calzada hasta la Brandeburger Tor. Es algo más que un kilómetro, pasan pocos coches y se hace largo. Pero cuando aparece finalmente la silueta de la Tor al final del último tramo de pista deslizante se da todo por bueno. Todo o casi todo. El motivo para arriesgarse hasta esa algo remota sala era recuperar una película no vista en el pase oficial. 'La tour de glace', una atrocidad soporífera protagonizada por Marion Cotillard en formato 'Reina de las Nieves'. Son 118 minutos que no aportan nada. El regreso a casa acaba siendo más gratificante y bello que seguir en la sala. La excursión sirve de pretexto para recordar esos primeros tiempos en que ese mismo lugar era la sede oficial de la Berlinale y tu eras unos treinta y algo años más joven.


No hay comentarios:
Publicar un comentario