Es conocida la aversión de muchos, o tal vez solo algunos, a las películas 'con niño'. Esta predisposición en contra se ve reforzada si luego se incorpora al actor infantil en la rueda de prensa. Estas cabecitas que asoman apenas por detrás del micro o la botella de agua y responden con timidez o inusitada soltura. De acuerdo a su cometido, despiertan la ternura de algunos asistentes. Pero no de todos.

'El mensaje', del argentino Iván Fund, fue el aspirante a Oso de este año entre lo definible como 'película con niño'. Esta vez su criatura no es el niño transgénero que no quiere que le llamen Aitor, sino Lucía. Pero también es una historia familiar, tejida en torno a un trío formado por una nena capaz de comunicarse con mascotas de todo tipo, sean gatos o tortugas. Recorre con su dinámica abuela y la pareja de ésta pueblos y ciudades en una destartalada furgoneta. Y visita de vez en cuando a su mamá en un sanatorio mental. El negocio de la vidente infantil funciona sin que se llegue a aclarar si hay o no engaño. En cualquier caso sería un engaño menor y por razones de intendencia. Mínima y sin lujos, con el formato en blanco y negro elegido por Fund. El resultado es una película con niño ante las que los adversos al género reconocen méritos y agrados.
Otra aversión bastante extendida es la que sienten muchos, o algunos, ante películas en que se esconde bajo gruesas capas de maquillaje o prótesis a un actor determinado, identificable como galán, para avejentarlo o convertirlo en jorobado por exigencias del papel que interpreta. Surge la pregunta de por qué no se buscó a un actor de la edad y físico adecuado al personaje. Este fue el caso de la guapísima Charlize Theron masculinizada para 'Monster' (2003), por citar un precedente de la Berlinale. O ahora de Ethan Hawke en 'Blue Moon', de su director del alma Richard Linklater.
El papel a interpretar es el de Lorenz Hart, compositor legendario en crisis, pegado a la barra de bar mientras otros triunfan. Es difícil saber si está bien o mal en su personaje. El maquillaje embarra su interpretación. Finalmente resultan más convincentes los diez minutos en que la estupenda Margaret Qualley le relata sus asuntos sexuales en el guardarropía que el prolongado discurseo del encorvado Hawke.

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