sábado, 14 de febrero de 2026

Un espejo turco berlinés, una fotonovela latina y una Almería transexual

 


Es una especie de maldición de todos los años tener que perderse el arranque de la competición por culpa de la siguiente cita en poderosos del año tras el Foro de Davos suizo, la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC). Cada año se somete al corresponsal al dilema de a qué renunciar: al desfile de aspirantes al Oso, de principio a fin, o a lo que seguro que le reclamarán sus principales patronos, la sección de Internacional, sea lo que sea que ocurre en Múnich o incluso si no ocurre gran cosa. Cada uno resuelve el dilema como puede. A veces, cabalgando de un lado a otro en lo virtual. Otras veces, tratando de recuperar las pelis perdidas en los días siguientes, a costa de perder el hilo y horas de sueño. O, cuando todo falla, viéndolas en la prórroga del festival, el llamado Día del Espectador, el domingo, cuando ya se entregaron los premos y todo el mundo sabe qué fue irrelevante o qué triunfó.

"Gelbe Briefe", alemana dirigida por un germano-turco, Ilker Catak, discurría en ese tramo de días coincidentes con la MSC. Era un producto de alto riesgo. La apuesta del director, nominado a los Oscar un par de años atrás por "Lehrerzimmer", era osada: colocar lo que le puede ocurrir a una pareja de intelectuales y artistas críticos -profesor de la Universidad, él, actriz, ella- bajo un régimen autoritario. No lo rodó en Ankara ni en Estambul, sino entre Berlín y Hamburgo. Hace hablar a sus personajes en turco y todo lo que les ocurre es más o menos lo que les sucedería en Turquía. 

Se convierten en culturalmente proscritos, porque quedan inhabilitados de facto. Deben subsistir gracias al colchón familiar, puesto que no podrán trabajar. Y se enfrentan a la justicia, en el caso del marido, por haber incitado a sus alumnos ir a una manifestación contra la guerra en lugar de asistir a su clase.
Traslada, en definitiva, el régimen autoritario turco a Alemania. Podría tener connotaciones pasadas, en la Alemania comunista de la Stasi. Pero en realidad se planta en un futuro tal vez no tan lejano y por tanto aterrador. Es lo que se nos puede venir encima si de consentir el creciente voto ultra pasamos a tener a Alternativa para Alemania (AfD) en el poder. Una erosión de los derechos que creíamos ganados para siempre, pero que nos pueden ser arrebatados, como ha ocurrido en la Hungría de Víktor Orbán.
 
Una película inteligente, con actores sólidos y con un planteamiento irreprochable, que además contenía un toque de alerta más o menos subliminal en dirección a democracias avanzadas, como la alemana, en las que se pretende que el ciudadano deje de pensar por su cuenta ante Gaza, por poner un ejemplo.
No conviene perdérsela, ni aunque el pase coincida con la presencia en Múnich del secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, del canciller Friedrich Merz, del presidente francés, Emmanuel Macron y del largo etcétera. Los efectos en el cerebro de una buena película de prolonga más allá de los tres días de cumbre muniquesa.

Qué hacer si se sabe que no se verá a su debido momento, sino en la repesca, pero se quiere tener algo que contar? Sirve de refugio haber visto al menos un par de buenas películas de secciones paralelas en sesiones previas al festival. Este fue el caso de "Un hijo propio", de la chilena Maite Alberdi,
que adopta el formato de documental y está basada en hechos reales, pero que se mueve a ritmo de fotonovela.

El caso real es el de una mujer, Alejandra Marín, que acaba en la cárcel tras haber simulado un embarazo, presionada por la suegra y resto del entorno familiar y social para que dé finalmente un hijo a su marido. La adopción no se plantea. Nada puede suplir la felicidad de aportar al matrimonio un hijo propio. El entorno se convierte en olla a presión. Y del falso embarazo o el vientre ajeno concertado se pasa al rapto.

El acierto de Alberdi consiste en colocar todo eso entre seres arrancados de una fotonovela latinoamericana. Ese mismo argumento con rostros y cuerpos excelsos hollywoodianos o europeos sería una dramón insufrible o al menos increíble.

La otra película refugio visionada en pase avanzado también fue un acierto: "Ivan & Hadoun", ópera prima del malagueño Ian de la Rosa, en torno a un muchacho de Almería a quien en el pueblo llaman directamente "híbrido", porque es transexual, y la marroquí que trabaja como tantas otras mujeres entre cultivos de tomates y demás hortalizas para la exportación. Dos almas diferentes, que se buscan y se encuentran, en medio de este teórico milagro económico andaluz que son los mares de plástico almerienses, nutridos a base de explotar al inmigrante.

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