jueves, 20 de febrero de 2025

La sosez de ser coreano

Siete veces estuvo ya en competición el norcoreano Hong Sangsoo en la Berlinale. La última, el año pasado. Cada vez que se le incluye en la lista de los aspirantes al Oso se escuchan comentarios de quienes aseguran que siempre les aburrió, combinados con los que le idolatran. Es un director 'clásico' de festival, cuyas películas llenan críticas en uno u otro sentido, pero que luego se difumina en los circuitos comerciales. Todo el mundo en la Berlinale parece recordar de memoria la última vez que bostezó o que se sublimó con una de sus películas.
Ahora volvió a Berlín con uno de sus ejercicios de minimalismo perfeccionista, planos fijos y una constelación de unos pocos personajes que se dedican esencialmente a comer, beber o hablar entre sí. 'What does that nature say to you' es el título. Una pareja que lleva tres años como tal recala como por casualidad en casa de los padres de ella. Se acoge al chico con un educado interrogatorio, se le alimenta repetidamente, todo parece funcionar. Hasta que deja de hacerlo. Que el chico no sea tan buen poeta es solo un buen síntoma. Nada es sorprendente ni ácido ni demasiado amable ni demasiado brusco. Reina la absoluta corrección. El futuro suegro es un tipo moderno y agradable, su mujer también.

Qué más? Pues nada. Solo la sensación de que ser norcoreano debe resultar terriblemente aburrido. Ni una caricia, ni un achuchón entre la pareja. Tampoco hacia la hija o de ésta con su hermana. Ni una mota de polvo sobre la mesa, ni una arruga en el pantalón. La comida, por supuesto, excelente. El alcohol, excesivo. 
Los críticos que proclaman su desafecto hacia Hong Sangsoo se sienten ratificados, aunque alguno concede que esta vez su película no es 'de las peores'. Lo que peor se lleva, sin embargo, son las risas de complicidad de la otra mitad del cine, los entregados al talento del director, en cuanto 
en una escena aparece un detalle considerado un guiño hacia quienes sí entienden y saborean.

Era el último estreno entre las películas a concurso. Desde hace un par de años, la dirección de la Berlinale da por terminado el desfile el jueves sin que se sepa exactamente por qué. Tal vez para facilitar la estampida de la crítica internacional más selecta, a la que el festival invita a hotel las cuatro o cinco primeras noches. A partir de ahí, el festival empieza a apagarse irremisiblemente, por mucho que formalmente se prolonga hasta el domingo.
En esta ocasión vino perfecto para seguir con la cobertura electoral. A un par de estaciones de metro quedaba el Gasometer, antigua planta gasística, ahora sala multiuso, en el bonito barrio de Schöneberg. Ahí discurría el último mitin en la capital alemana de Friedrich Merz, el favorito a canciller. 
Por esas peculiaridades alemanas, el candidato del bloque conservador, lo mismo que el canciller Olaf Scholz, no eligieron la capital para el cierre de campaña del viernes. Ambos optaron por Renania del Norte-Westfalia, el 'land' más poblado de Alemania. Merz, en el desabrido Oberhausen; Scholz, en Dortmund. Como todo el mundo sabe en Alemania, el futuro del país no se decide en Berlín, sino en el corazón renano. 
El Gasometer de Berlín no se llenó. Había huelga de transporte público y eso complicaba la vida al ciudadano, explicaron. Pero como los mítines ya no se celebran para atraerse a la militancia de a pie, sino para mostrarlos en redes, tampoco importa tanto. Pantallas y más pantallas, así como una cuidadosa labor de dirección escénica, transmitían la imagen de cohesión y entusiasmo precisa para el aspirante. Merz había entrado en la sala estrechando manos de sus seguidores, estratégicamente colocados para dar sensación de llenazo.  
Al final, acudir al Gasometer tenía cierto aire de continuidad respecto a la ficción de la Berlinale.
bunde

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