Viernes, víspera de la gala de los premios, es jornada propicia a repescar la última aspirante a los Osos que no se logró ver en su pase para la prensa. O para empezar a repasar quinielas sobre los premios entre los colegas. La concursante a recuperar este año era una película en formato documental ucraniana, 'Timestamp'. El único documental de la sección oficial, firmado por una mujer, Kateryna Gornostai.
Recorre la vida diaria de una serie de escuelas de ciudades, pueblos o extrarradios, cuyo nombre hace unos años no decían nada al espectador europeo, pero que desde la guerra de agresión rusa son sinónimo de crímenes de guerra sobre la población civil ucraniana. Por ejemplo, Bucha. El suburbio de Kiev que sufrió uno de los primeros asedios y matanzas en el inicio de la invasión. La vida escolar retomó ahí su ritmo, salpicada por las alarmas antiaéreas que obligan a desplazar grandes o pequeños actos al refugio más cercano. De ahí se traslada la cámara a otras ciudades menos conocidas, algunas a pocos kilómetros del frente o en zonas temporalmente ocupadas por las tropas rusas. Las clases presenciales no se retomaron ahí. Oero se mantiene en pie la actividad online, entre las ruinas de escuelas comidas por los bombardeos y población que trata de sobreponerse a todo por la vía de lo cotidiano.
Se diría que es un documental predestinado a impactar en un festival con reputación de político. Se cumplirán el próximo lunes los tres años del inicio de la invasión a gran escala de febrero de 2022. Desde entonces, edición a edición, la Berlinale ha brindado su pantalla a filmes que reflejan los estragos de la guerra. En su mayoría, desde la estricta perspectiva ucraniana. En 2023 se incluyó incluso un falso documental calificable directamente de propaganda pro Kiev, con un penoso Sean Penn abrazándose a Volodímir Zelenski y otros ucranianos, del búnker a la barra del bar de su hotel. Una película llamada 'Superpower' que no le hacía favor alguno a la causa ucraniana. Hasta ahora, incluso el más dudoso de estos productos, cinematográficamente hablando, llenaba salas.
En 2025 parece que el compromiso con Zelenski tocó techo. Tanto entre el público, como en cuanto a su repercusión mediática. La sala donde se proyectaba el documental, con audiencia mixta entre público corriente y prensa rezagada, no había vendido ni un cuarto de las entradas. Algo revelador en un festival que presume de agotar las localidades de prácticamente todas las sesiones.
Probablemente sí hubo un público entusiasta en la gala del estreno. Pero si un ucraniano cualquiera entre las decenas de miles llegados a Berlín por la guerra hubiera estado este viernes en el Urania, la sala elegida para la repetición, se habría sentido muy solo. Abandonado, directamente. Las butacas vacías eran un preocupante reflejo de lo que ocurre a escala internacional con el apoyo a Kiev y mientras Donald Trump parece determinado a zanjar un conflicto con un apretón de manos con Vladímir Putin a espaldas de Kiev. O del ascenso de la ultraderecha prorrusa que el domingo aspira al segundo puesto en las elecciones nacionales. Su discurso contra la acogida de refugiados y contra el apoyo a Kiev parece haber cuajado.
Pobre Ucrania, por partida múltiple. Trump tiene un aterrador buen radar para captar todo aquello que dejó de interesar y de lo que puede sacar bocado político. Europa mira desde la barrera, con Alemania a la espera de un relevo en la cancillería. Las reflexiones políticas ocuparon el resto de la jornada. No solo porque tocaba seguir completando previas e información electoral para el domingo, sino porque encima, una vez culminada esa tarea, saltó un urgente con el ataque a cuchilladas nada menos que en el monumento a la victimas del Holocausto. La víctima había ingresado con heridas de gravedad. El agresor había sido detenido, tras regresar horas después al lugar de los hechos que para entonces era escenario de un aparatoso operativo policiale. El monumento a los seis millones de judíos asesinados por el nazismo es un lugar especialmente expuesto. Sus 2.710 columnas de hormigón, repartidas en una inmensa explanada cercana a la Puerta de Brandeburgo y la embajada de EEUU es un espacio abierto día y noche al visitante, por deseo expreso del arquitecto que lo diseñó, Peter Eisenman. Un lugar al que unos acuden a posar para un selfie, otros para reflexionar, otros a merendar sin contemplaciones y alguno a vandalizarlo o dejar constancia del antisemitismo que sigue recorriendo Europa.Los 19.000 metros cuadrados del recinto quedaron vallados. Al día siguiente saltaron más detalles sobre la víctima, un turista vasco de 30 años, y sobre su agresor, un sirio de 19 años. El peor imposible para el final de una campaña que había quedado suficientemente salpicada por otros ataques a cuchilladas o atropellos múltiples cometidos por refugiados, algunos con víctimas mortales y decenas de heridos. Gasolina para la ultraderecha y para el trumpismo que la apoya.



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