Los programadores de la presente Berlinale no han sido justos hacia aquellos que, por ahorrar, redujeron su estancia en la ciudad a cuatro o cinco días. En ese grupo están tan blogueros y freelance como destacados miembros de la crítica internacional, a los que el festival paga cinco noches de hotel, y sus medios deciden no costearles las cuatro jornadas restantes. Al fin y al cabo, muchos habrán tenido acceso en pases previos dichos secretos o screaners a esas teóricas primicias mundiales, que en algún caso ya se vieron incluso en otro festival no europeo. Las ruedas de prensa que les acompañan se pueden seguir también por streaming o prescindir de ellas, en el caso de que no aportan ni siquiera gran estrellato.
El caso es que la última jornada, un viernes, dejó en el Berlinale Palast dos tracas finales: "Yo (Love is a rebellious bird)" y "Josephine". De la primera se sabía poco, más allá de que era una especie de falso documental sobre una amistad todo terreno entre Anna Fitch, la directora, y Yolanda She, una mujer rompedora que habita una casa que podría ser de muñecas y que, de hecho acabará siéndolo. Es un proyecto que a Fitch, casi medio siglo más joven que a su amiga, le ha llevado años de rodaje. A modo de collage reconstruye la vida de Yo, sus orígenes en Suiza, su matrimonio, sus cuatro hijos, su segunda oportunidad con un joven francés, su amor por la marihuana y sus paseos por California. Yo es, ante todo, una mujer libre, una anciana plagada de arrugas y manchas por su casi escuálidas extremidades, que nunca dejará de hacer lo que le dé la gana. No espera a la cineasta para morirse cuando finalmente le llega el momento. La casa de muñecas a escala 1:3 será su residencia póstuma.
"Yo" se proyectó en un Berlinale Palast semivacío. De "Josephine" sí se sabía que era favorita al Oso, tras haber triunfado en Sundance y pese a que no suele premiarse en Berlín lo que llega con un galardón ajeno. Cada jurado quiere encontrar su película propia, no adoptar la de otros. Pero teniendo en cuenta que el nivel de la Berlinale ha sido flojo o muy flojo tampoco se la puede descartar del palmarés.
La historia de la niña de ocho años, Josephine, que es testigo presencial de una violación en un bosque cerca de su casa es de alto voltaje. Beth de Araújo, su directora, deja pronto de lado a la mujer violada para centrarse en los efectos sobre la niña y sus padres, Gemma Chan y Channing Tatum. De no entender lo que ha visto pasa Josephine a sospechar que el mal vive en cualquier hombre, incluso un compañero de escuela. O que el sexo es igual a violación. Por si ello fuera poco, tendrá además que testificar en el juicio contra el violador, un hombre al que su mente ve en cada rincón de su habitación, aunque se muden a otra casa.
Es un película redonda, que pone en evidencia que las víctimas de la violación no es solo la mujer violada, sino un radio mucho más amplio. Su entorno familiar o el de una niña de ocho años, en este caso. A la directora brasileña hay que agradecerle además el buen gusto de no exponer a esa niña, Mason Reeves, a los medios a una conferencia de prensa que, además, estaba abarrotada. "Josephine" es una de esas películas que derriban las alergias de los reacios al cine con niño. Es una interpretación a ratos petrea, pero impecable, en las antípodas de lo que suele verse en criaturas convertidas en actores.
Channing Tatum demostró, por lo demás, que es uno de esos actores que, fuera de la pantalla, se convierten en seres adormilados, insulsos, zafios o hasta inexistentes. Estuvo entre ausente o inoperante en la conferencia de prensa, pese a su condición de 'imán mediático' de la jornada. Lo más elocuente que dijo fue que su hija tiene todo su apoyo defenderse físicamente si alguien quiere hacerle algo contra su voluntad. No entendió o esquivó sin más una pregunta sobre Gaza lanzada, vía terceros, por el bloguergo Tilo Jung. Al activista ya no le pasan el micro para que haga su propia pregunta, por mucho que levante la mano desde el minuto cero. Lo que él denuncia luego como intento por silenciarlo es recibido con aprobación por algún colega, que ve en su batalla política un mero afán de protagonismo.

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