sábado, 22 de febrero de 2025

Oso a Oso





A la entrega de los Osos suelen seguir titulares de críticos o enviados especiales disconformes con el veredicto del jurado, calificando el palmarés de 'contra pronóstico', 'sorprendente', 'incomprensible', 'desequilibrado' o, directamente, 'robo'. Proceden generalmente de enviados que o no vieron la película, porque la proyectaban a primerísima hora, o se salieron en medio porque no le valoraron posibilidades.

Lo de salirse antes de terminar el filme suele ocurrir en películas de contenido identificable como femenino, interpretado esencialmente por mujeres, pero que no incluyen escenas de sexo explicito o lesbianismo. En ese caso, el machirulismo asistente tal vez se habria quedado pegado a la butaca hasta el final.

Por ahí fueron más o menos los comentarios tras otorgar el jurado presidido por Todd Haynes su Oso de Oro a la noruega 'Drommer', 'Dreams'. Si al menos el premio se hubiera ido a la película del mismo título en inglés, interpretada por Jessica Chastain, tal vez el disgusto de este sector habría sido menor. Al menos ahí sí se asistía a escenas explícitas. 

A alguno se le fue la pinza misógina en su crónica final sobre el palmarés. Para este sector, ese Oso solo podía obedecer a un claro favoritismo por lo femenino, en un festival cuya dirección por primera vez recaía en una mujer, Tricia Tuttler.

El palmarés de esta 75 edición sí fue contra pronóstico o sorprendente, pero no incomprensible, ni desequilibrado y en ningún caso un robo. Se llegó al final del desfile de aspirantes sin favoritos claros, con algunas decepciones por parte de las películas más esperadas -como el 'Dreams' de Michel Franco con Chastain- y una serie de títulos llamados 'modestos' o de bajo presupuesto más que destacables. Ese es el caso del 'Drommer' noruego.

Ahí va un párrafo para cada uno de los Osos u ositos de la competición oficial:

Oso de Oro: 'Drommers', del noruego Dag Johan Haugerud, es una de esas películas escandinavas que sale con premio de la Berlinale tal vez porque todo funciona y nada chirría. Gira en torno al dilema entre una estudiante y la profesora de la que se enamora, más la madre y la abuela de la chica que no saben si denunciar a la docente o alabar ese amor.

Oso de Plata Gran Premio del Jurada a la brasileña 'O ultimo azul', de Gabriel Mascaro. Otra película de presupuesto modesto magníficamente interpretada en torno a la abuela a que arrebatan todo cuando la jubilan, incluido el derecho a cumplir su último sueño. Nada que objetar a una película que retrata sin contemplaciones el maltrato estatal y familiar a los viejos.

Oso de Plata Premio del Jurado a la argentina ‘El mensaje’, de Iván Fund’, otra excelente película sobre la niña con poderes especiales para comunicarse con las mascotas. Una habilidad que no llega a demostrarse, pero que permite al trio protagonista subsistir a salto de mata con lo que les pagan los propietarios del gato, perro, pájaro o tortuga que enfermó, murió o de pronto se comporta de un modo extraño. 

Oso de Plata a la mejor Dirección para Huo Meng, por ‘Living the Land’. Tal vez deberían haberla ascendido al Oro. Pero siendo que desde hace décadas la Berlinale viene ofreciendo y premiando tanto excelente cine chino a lo mejor habría sonado a más de lo mismo. Es una historia familiar impecablemente filmada. Nada que no se haya visto anteriormente en este festival.
 
Oso de Plata a la mejor Interpretación protagonista para Rose Byrne, la desbordada madre y terapeuta de ‘If I Had Legs I’d Kick You’. De nuevo se echó de menos el no tan alejado pasado en que había Oso al mejor actor y a la mejor actriz. El actual oso sin concreción sexual resulta un tanto 'woke' y hace que se quedara sin premio, por ejemplo, el magnífico Andranic Manet, el asimismo desbordado protagonista de la francesa 'Ari=.  

Oso de Plata a la mejor Interpretación de reparto a Andrew Scott, por ‘Blue Moon’. Otro premio muy bien dado. Sirve, por contraste, para destacar lo mal que está en esa misma película de Richard Linklater su protagonista, Ethan Hawke. 

Ende gut, alles gut. Cerró la parte periodísticamente relevante de la 75 edición de la Berlinale. La 34 en el cómputo personal. Un año más, ininterrumpidamente y desde 1992. Esta vez, la jornada adicional del domingo, el llamado Día del Espectador, estaría volcado en el Bundestagswahl.

viernes, 21 de febrero de 2025

Pobre Ucrania

Viernes, víspera de la gala de los premios, es jornada propicia a repescar la última aspirante a los Osos que no se logró ver en su pase para la prensa. O para empezar a repasar quinielas sobre los premios entre los colegas. La concursante a recuperar este año era una película en formato documental ucraniana, 'Timestamp'. El único documental de la sección oficial, firmado por una mujer, Kateryna Gornostai. 

Recorre la vida diaria de una serie de escuelas de ciudades, pueblos o extrarradios, cuyo nombre hace unos años no decían nada al espectador europeo, pero que desde la guerra de agresión rusa son sinónimo de crímenes de guerra sobre la población civil ucraniana. Por ejemplo, Bucha. El suburbio de Kiev que sufrió uno de los primeros asedios y matanzas en el inicio de la invasión. La vida escolar retomó ahí su ritmo, salpicada por las alarmas antiaéreas que obligan a desplazar grandes o pequeños actos al refugio más cercano. De ahí se traslada la cámara a otras ciudades menos conocidas, algunas a pocos kilómetros del frente o en zonas temporalmente ocupadas por las tropas rusas. Las clases presenciales no se retomaron ahí. Oero se mantiene en pie la actividad online, entre las ruinas de escuelas comidas por los bombardeos y población que trata de sobreponerse a todo por la vía de lo cotidiano. 

Se diría que es un documental predestinado a impactar en un festival con reputación de político. Se cumplirán el próximo lunes los tres años del inicio de la invasión a gran escala de febrero de 2022. Desde entonces, edición a edición, la Berlinale ha brindado su pantalla a filmes que reflejan los estragos de la guerra. En su mayoría, desde la estricta perspectiva ucraniana. En 2023 se incluyó incluso un falso documental calificable directamente de propaganda pro Kiev, con un penoso Sean Penn abrazándose a Volodímir Zelenski y otros ucranianos, del búnker a la barra del bar de su hotel. Una película llamada 'Superpower' que no le hacía favor alguno a la causa ucraniana. Hasta ahora, incluso el más dudoso de estos productos, cinematográficamente hablando, llenaba salas.

En 2025 parece que el compromiso con Zelenski tocó techo. Tanto entre el público, como en cuanto a su repercusión mediática. La sala donde se proyectaba el documental, con audiencia mixta entre público corriente y prensa rezagada, no había vendido ni un cuarto de las entradas. Algo revelador en un festival que presume de agotar las localidades de prácticamente todas las sesiones.

Probablemente sí hubo un público entusiasta en la gala del estreno. Pero si un ucraniano cualquiera entre las decenas de miles llegados a Berlín por la guerra hubiera estado este viernes en el Urania, la sala elegida para la repetición, se habría sentido muy solo. Abandonado, directamente. Las butacas vacías eran un preocupante reflejo de lo que ocurre a escala internacional con el apoyo a Kiev y mientras Donald Trump parece determinado a zanjar un conflicto con un apretón de manos con Vladímir Putin a espaldas de Kiev. O del ascenso de la ultraderecha prorrusa que el domingo aspira al segundo puesto en las elecciones nacionales. Su discurso contra la acogida de refugiados y contra el apoyo a Kiev parece haber cuajado. 

Pobre Ucrania, por partida múltiple. Trump tiene un aterrador buen radar para captar todo aquello que dejó de interesar y de lo que puede sacar bocado político. Europa mira desde la barrera, con Alemania a la espera de un relevo en la cancillería. Las reflexiones políticas ocuparon el resto de la jornada. No solo porque tocaba seguir completando previas e información electoral para el domingo, sino porque encima, una vez culminada esa tarea, saltó un urgente con el ataque a cuchilladas nada menos que en el monumento a la victimas del Holocausto. La víctima había ingresado con heridas de gravedad. El agresor había sido detenido, tras regresar horas después al lugar de los hechos que para entonces era escenario de un aparatoso operativo policiale. 

El monumento a los seis millones de judíos asesinados por el nazismo es un lugar especialmente expuesto. Sus 2.710 columnas de hormigón, repartidas en una inmensa explanada cercana a la Puerta de Brandeburgo y la embajada de EEUU es un espacio abierto día y noche al visitante, por deseo expreso del arquitecto que lo diseñó, Peter Eisenman. Un lugar al que unos acuden a posar para un selfie, otros para reflexionar, otros a merendar sin contemplaciones y alguno a vandalizarlo o dejar constancia del antisemitismo que sigue recorriendo Europa. 

Los 19.000 metros cuadrados del recinto quedaron vallados. Al día siguiente saltaron más detalles sobre la víctima, un turista vasco de 30 años, y sobre su agresor, un sirio de 19 años. El peor imposible para el final de una campaña que había quedado suficientemente salpicada por otros ataques a cuchilladas o atropellos múltiples cometidos por refugiados, algunos con víctimas mortales y decenas de heridos. Gasolina para la ultraderecha y para el trumpismo que la apoya. 


jueves, 20 de febrero de 2025

La sosez de ser coreano

Siete veces estuvo ya en competición el norcoreano Hong Sangsoo en la Berlinale. La última, el año pasado. Cada vez que se le incluye en la lista de los aspirantes al Oso se escuchan comentarios de quienes aseguran que siempre les aburrió, combinados con los que le idolatran. Es un director 'clásico' de festival, cuyas películas llenan críticas en uno u otro sentido, pero que luego se difumina en los circuitos comerciales. Todo el mundo en la Berlinale parece recordar de memoria la última vez que bostezó o que se sublimó con una de sus películas.
Ahora volvió a Berlín con uno de sus ejercicios de minimalismo perfeccionista, planos fijos y una constelación de unos pocos personajes que se dedican esencialmente a comer, beber o hablar entre sí. 'What does that nature say to you' es el título. Una pareja que lleva tres años como tal recala como por casualidad en casa de los padres de ella. Se acoge al chico con un educado interrogatorio, se le alimenta repetidamente, todo parece funcionar. Hasta que deja de hacerlo. Que el chico no sea tan buen poeta es solo un buen síntoma. Nada es sorprendente ni ácido ni demasiado amable ni demasiado brusco. Reina la absoluta corrección. El futuro suegro es un tipo moderno y agradable, su mujer también.

Qué más? Pues nada. Solo la sensación de que ser norcoreano debe resultar terriblemente aburrido. Ni una caricia, ni un achuchón entre la pareja. Tampoco hacia la hija o de ésta con su hermana. Ni una mota de polvo sobre la mesa, ni una arruga en el pantalón. La comida, por supuesto, excelente. El alcohol, excesivo. 
Los críticos que proclaman su desafecto hacia Hong Sangsoo se sienten ratificados, aunque alguno concede que esta vez su película no es 'de las peores'. Lo que peor se lleva, sin embargo, son las risas de complicidad de la otra mitad del cine, los entregados al talento del director, en cuanto 
en una escena aparece un detalle considerado un guiño hacia quienes sí entienden y saborean.

Era el último estreno entre las películas a concurso. Desde hace un par de años, la dirección de la Berlinale da por terminado el desfile el jueves sin que se sepa exactamente por qué. Tal vez para facilitar la estampida de la crítica internacional más selecta, a la que el festival invita a hotel las cuatro o cinco primeras noches. A partir de ahí, el festival empieza a apagarse irremisiblemente, por mucho que formalmente se prolonga hasta el domingo.
En esta ocasión vino perfecto para seguir con la cobertura electoral. A un par de estaciones de metro quedaba el Gasometer, antigua planta gasística, ahora sala multiuso, en el bonito barrio de Schöneberg. Ahí discurría el último mitin en la capital alemana de Friedrich Merz, el favorito a canciller. 
Por esas peculiaridades alemanas, el candidato del bloque conservador, lo mismo que el canciller Olaf Scholz, no eligieron la capital para el cierre de campaña del viernes. Ambos optaron por Renania del Norte-Westfalia, el 'land' más poblado de Alemania. Merz, en el desabrido Oberhausen; Scholz, en Dortmund. Como todo el mundo sabe en Alemania, el futuro del país no se decide en Berlín, sino en el corazón renano. 
El Gasometer de Berlín no se llenó. Había huelga de transporte público y eso complicaba la vida al ciudadano, explicaron. Pero como los mítines ya no se celebran para atraerse a la militancia de a pie, sino para mostrarlos en redes, tampoco importa tanto. Pantallas y más pantallas, así como una cuidadosa labor de dirección escénica, transmitían la imagen de cohesión y entusiasmo precisa para el aspirante. Merz había entrado en la sala estrechando manos de sus seguidores, estratégicamente colocados para dar sensación de llenazo.  
Al final, acudir al Gasometer tenía cierto aire de continuidad respecto a la ficción de la Berlinale.
bunde

miércoles, 19 de febrero de 2025

El Día de la Muerte: entre el Palast y Springer

 Toda Berlinale tiene su 'día de la muerte'. Es la jornada en que, porque se acumularon películas a repescar o porque hay ruedas de prensa intempestivas, todo periodista acreditado se pasará de las 08.30 a las 00.00, o más, maltratando sus ojos ante sucesivas pantallas. El día de la muerte de este 75 cumpleaños cayó en miércoles. Arrancó el maltrato con 'Drommer', concursante noruega con pase avanzado de sesión matinal. Y terminó con la repesca de 'La cache', ya sobre la medianoche. No todo fue cine. A estas alturas del festival, era ya impostergable lo de culminar y enviar reportajes, previas, perfiles y todo el comboluto propio de una cobertura electoral y por duplicado, por ser dos los medios a alimentar. Había tareas acumuladas tras haber ido capeando la situación en los días precedentes gracias Donald Trump, acaparador de toda la capacidad de escándalo mediático y privado con sus barbaridades.

'Drommer' se comportó. Ofreció uno de esos productos escandinavos que se dejan ver. Gira en torno al ambivalente enamoramiento de una estudiante respecto a su profesora y los dilemas entre sus emancipadas madre y abuela, que no saben si denunciar un presunto abuso de la docente o respaldar el amor. La tercera opción es declararse fascinadas por el talento literario de su chica, plasmado en su diario que no deja espacio para imaginar que tal vez todo fue platónico.

La siguiente pantalla no fue para la Berlinale, sino para el grupo Springer. El imperio mediático del tabloide más leído del país, 'Bild', invitaba a asistir a la grabación del duelo entre Olaf Scholz, el canciller titular, y el aspirante Friedrich Merz, que como todo el mundo sabía a estas alturas estaba llamado a recuperar el poder perdido para los conservadores. Pusieron a disposición de los medios su pantalla y un catering que incluía ensalada de frutas, un regalo tras días alimentándose de porquerías. Seguías sin tener a los rivales a mano, apenas se les vio fugazmente entrar en el plató. Pero de algún modo te reafirmaste en que no es lo mismo 'estar ahí' que verlo luego por televisión y en casa. Del mismo modo que no es lo mismo ver una película en cine o en streaming. De Springer, como del cine, no se levanta una a poner una lavadora. Sentada entre colegas no tiene una más remedio que atender y tomar notas.  

La tercera pantalla y aún más espléndida pantalla fue la del Berlinale Palast en sesión de gala. En rigor, la misma que la del pase de prensa del filme noruego. Pero compartida con el equipo de 'Yunan', por tratarse del estreno oficial. Entre ellos, la legendaria Hanna Schygulla, convertida en una especie de abuela castañera como la propia. Por supuesto se la recibió con honores. Pero lo más destacable del filme es la fotogenia de las islas frisias devoradas por el Mar del Norte. La historia del sirio emigrado a Alemania, enfermo de tristeza, o los dotes curativos de Schygulla es lo de menos.

'La cache' no salió al rescate de los ojos cansados. O si, puesto que resultó ser una de esas películas de las que uno puede salirse a la mitad sin remordimientos. Mayo francés del 68 y una familia en formato de la serie española 'Cuéntame'. Habrá ocasión de recuperarla cuando la pasen, como ocurre con cualquier producción francesa, por alguna televisión pública alemana.

martes, 18 de febrero de 2025

De la aversión al cine 'con niño' al galán disfrazado de viejo






Es conocida la aversión de muchos, o tal vez solo algunos, a las películas 'con niño'. Esta predisposición en contra se ve reforzada si luego se incorpora al actor infantil en la rueda de prensa. Estas cabecitas que asoman apenas por detrás del micro o la botella de agua y responden con timidez o inusitada soltura. De acuerdo a su cometido, despiertan la ternura de algunos asistentes. Pero no de todos. 

Existe la variante de los equipos que desisten de incorporar a la criatura en su rueda de prensa. Pero es casi inevitable que luego aparezca sobre la alfombra roja. O que suba a recoger el Oso, si lo recibe, con parecidas muestras de ternura entre el auditorio. Así fue en 2023 con Sofía Otero, la niña vasca protagonista de '20.000 especies de abejas'. Dedicó su Oso de Plata a su padre en la vida real, "el mejor padre del mundo entero" y se desparramaron sonrisas y lágrimas entre el auditorio. 
'El mensaje', del argentino Iván Fund, fue el aspirante a Oso de este año entre lo definible como 'película con niño'. Esta vez su criatura no es el niño transgénero que no quiere que le llamen Aitor, sino Lucía. Pero también es una historia familiar, tejida en torno a un trío formado por una nena capaz de comunicarse con mascotas de todo tipo, sean gatos o tortugas. Recorre con su dinámica abuela y la pareja de ésta pueblos y ciudades en una destartalada furgoneta. Y visita de vez en cuando a su mamá en un sanatorio mental. El negocio de la vidente infantil funciona sin que se llegue a aclarar si hay o no engaño. En cualquier caso sería un engaño menor y por razones de intendencia. Mínima y sin lujos, con el formato en blanco y negro elegido por Fund. El resultado es una película con niño ante las que los adversos al género reconocen méritos y agrados.
Otra aversión bastante extendida es la que sienten muchos, o algunos, ante películas en que se esconde bajo gruesas capas de maquillaje o prótesis a un actor determinado, identificable como galán, para avejentarlo o convertirlo en jorobado por exigencias del papel que interpreta. Surge la pregunta de por qué no se buscó a un actor de la edad y físico adecuado al personaje. Este fue el caso de la guapísima Charlize Theron masculinizada para 'Monster' (2003), por citar un precedente de la Berlinale. O ahora de Ethan Hawke en 'Blue Moon', de su director del alma Richard Linklater. 
El papel a interpretar es el de Lorenz Hart, compositor legendario en crisis, pegado a la barra de bar mientras otros triunfan. Es difícil saber si está bien o mal en su personaje. El maquillaje embarra su interpretación. Finalmente resultan más convincentes los diez minutos en que la estupenda Margaret Qualley le relata sus asuntos sexuales en el guardarropía que el prolongado discurseo del encorvado Hawke. 

lunes, 17 de febrero de 2025

Las puertas correderas no dan la felicidad


No es lo más habitual que en una misma Berlinale coincidan dos películas alemanas que resulten buenas o destaquen por su buena interpretación. No es por falta de presencia del cine anfitrión, porque un festival subvencionado como la Berlinale no podría permitírselo. Pero incluso en ediciones donde ha habido dos o tres representantes locales, más coproducciones con participación germana, el balance final es de, como máximo, una buena y el resto no, sea por pretenciosa, aburrida o solo apta para el público de la casa. Por no hablar de los años en que el festival tuvo que dar explicaciones por no haber incluido en su competición títulos que luego aclamó la Academia de Hollywood, como 'La vida de los otros'. La lista de olvidos históricos es larga. La de inclusiones a concurso de películas fallidas, simplemente por 'anfitrionas', aún lo es más.
La primera edición bajo Tricia Tuttle ni abusó ni ignoró el cine alemán. Dos de las películas a concurso identificables como 'alemanas' salieron más que bien paradas. No pecaban de excesivas, estaban magníficamente interpretadas y presentaban situaciones no tan comunes. La primera, 'Was Marielle weiss', de Fréderic Hambalek, coloca a un desbordado matrimonio ante el tierra trágame de un hija adolescente que escucha y ve todo, pero todo, lo que esos dos adultos llamados padres dicen cuando no está delante. Por todo se entiende los flirteos subidos de tono de la madre, Julia Jentsch, con un colega de trabajo. O las arrogancias del padre perfecto en su ámbito laboral. Una situación insostenible y embarazosa para progenitores y adolescente, que Hambalek resuelve con ironía. Fue el regreso de Jentsch convertida en adulta, años después de ganar el Oso de Plata por su iluminada interpretación de la adolescente Sophie Scholl, paradigma de la resistencia contra el nazismo.

La segunda fue 'Mother's baby', de Johanna Moder, que en realidad es austríaco-suiza, pero que se percibe como alemana. Ahí no hay risas posibles, sino una exitosa directora de orquesta que queda embarazada gracias a los prodigios de la ciencia, pero que cuando tiene el bebé en sus brazos no sabe si es suyo. ¿Depresión post-parto o una revisión de 'La semilla del diablo'? La duda es legítima y la intención del filme es que uno salga del cine sin acabar de decantarse por lo uno o por lo otro.

Pero no es esa la única incertidumbre que dejan ambas películas. El tono es distinto, pero comparten un denominador común inquietante: por qué nos empeñamos en habilitar nuestros hogares con puertas correderas, sinónimo de aislamiento térmico, acústico, en hogares modernos de líneas impolutas Bauhaus, en frío acero o en madera. Se las identifica con bienestar y silencio. Pero al final los seres que habitan tras esas puertas correderas no saben ahuyentar mejor que el resto de los mortales sus problemas. Ambos acomodados hogares, la del matrimonio espiado por su propia hija y la del bebé surgido de una siniestra clínica privada, viven en ese tipo de casas unifamiliares o apartamentos dotados de puertas correderas. Nada les aisla de sus demonios interiores.
 
Cero aislamiento término proporcionaba el regreso a casa pasadas las 23.00 desde la Haus der Kulturen der Welt, en el corazón del Tiergarten. Adentrarse en el bosque que envuelve la que fue la sede de mis primeras Berlinales da miedo. Ahí la nieve es más fresca y menos propicia a resbalarse. Pero hay que tener el arrojo que se tuvo en esos primeros años berlineses para atreverse. Esperar el autobús, a -7 grados, tampoco es opción. Finalmente se decide uno por andar sobre la algo más segura calzada hasta la Brandeburger Tor. Es algo más que un kilómetro, pasan pocos coches y se hace largo. Pero cuando aparece finalmente la silueta de la Tor al final del último tramo de pista deslizante se da todo por bueno. Todo o casi todo. El motivo para arriesgarse hasta esa algo remota sala era recuperar una película no vista en el pase oficial. 'La tour de glace', una atrocidad soporífera protagonizada por Marion Cotillard en formato 'Reina de las Nieves'. Son 118 minutos que no aportan nada. El regreso a casa acaba siendo más gratificante y bello que seguir en la sala. La excursión sirve de pretexto para recordar esos primeros tiempos en que ese mismo lugar era la sede oficial de la Berlinale y tu eras unos treinta y algo años más joven.

domingo, 16 de febrero de 2025

La diosa Chastain y la violencia contra la mujer como género






No importa si eres la diosa por excelencia del cine mundial o una trabajadora brasileña a la que la cuenta atrás hasta la jubilación retira de la vida pública. La industria del cine siempre encontrará la manera de representar el maltrato a la mujer en sus múltiples formas. 
Han bastado para comprobarlo apenas cuatro jornadas de las diez que tendrá la competición de la Berlinale -ocho, en realidad, porque, las dos últimas son de recreo y sin aspirantes a nada-. La abuela brasileña es Denise Weinburg, una mujer que se niega a ser retirada de su casa, su familia y su entorno en una jaula en 'O Ultimo azul'. La diosa, Jessica Chastain, la pelirroja de melena perfecta, la mujer exquisita de 'Dreams', que de amar, exprimir y manipular a un sin papeles mexicano pasa a verse humillada. 
El excelente cine chino incluyó en su episódica historia familiar de 'Living the Land'el drama de tantas mujeres entregadas a un matrimonio concertado o a sujetarse a las crueldades de la regla del hijo único. El reparto de maltratos posibles a la mujer subió enteros en la siguiente superproducción china, 'Girls on Wire'. Es la historia de dos muchachas que van de tortura en tortura, esclavizadas, golpeadas y brutalizadas por el entorno masculino. Por un lado está la madre soltera forzada a convertirse en drogadicta; por el otro, su prima que trabaja como 'extra' en películas de artes marciales para pagar las deudas contraídas por los hombres de su familia. La joven a la que su prima más joven idolatra porque se la imagina triunfando en el cine. Los imperativos de guión significan, para ella, que se la sumergirá sin piedad decenas de veces en un río helado. El frío no importa ni tampoco que tenga la regla. Hay que insistir hasta lograr la escena perfecta.

¿Será esta película de Vivian Qu la más dura exposición de violencia contra la mujer en este festival? De ningún modo. La industria del cine aporta tantas versiones de maltrato a la mujer que a veces cuesta distinguir el producto que quiere denunciar o sensibilizar sobre estas situaciones del que busca el morbo. Al fin y al cabo, ver a una mujer sufriendo, humillada, violada, golpeada, arrastrada por los pelos tiene su público. Esencialmente masculino.    
Chastain fue la diosa perfecta, como lo es su cabellera. La película del mexicano Michel Franco rechina por muchos lados. Incluido el dudoso mensaje que acaba dejando acerca del drama de los sin papeles mexicanos que cruzan a Estados Unidos.   

 

sábado, 15 de febrero de 2025

La sonrisa de Pattinson y la camiseta imperio de Chalamet

Incluso los menos fascinados por Robert Pattinson vamos admitiendo que, poco a poco, se le ha ido borrando el rostro de vampiro. Sus 17 muertes de 'Michey17', la última de Bong Joo-Ho, podrían ser 27 o 57, porque es así como se perciben. Y lo de postularse como ser desechable y convertir esa categoría en un oficio de por vida y más allá de la muerte tiene su parte imaginativa, pero también excesiva. No, la nueva película del aclamado director coreano no tiene la gracia ni transmite el talento, la profundidad, la sabiduría o la sátira de 'Parasite'. Pero la inclusión de esta película calificable como de ciencia ficción extremista en el 'Berlinale Special' estaba más que justificada por el obvio impacto mediático de Pattinson y el regreso de Bong Joo-Ho. Como todo el mundo dice saber en este tipo de situaciones, era lo más esperado de la Berlinale y se presentaba además como première mundial. Antes del pase para los medios se requirió una y otra vez a los presentes que respetaran el embargo, so pena no se sabe qué, hasta la proyección oficial. Un requerimiento un poco absurdo, en tiempos de blogueros y redes desatadas, sobre todo teniendo en cuenta que horas antes de levantarse el embargo oficial hay una rueda de prensa, que se transmite vía streaming planetario y en abierto. Es casi una invitación a soltar un par de pinceladas, al menos, con la excusa de cualquier frase que pueda soltar Pattinson o quienes le preguntan, que en definitiva ya la vieron. 

Y sí: Pattinson cumplió con creces. En el filme, ante los medios y sobre a alfombra roja. Estuvo guapo, sonriente, simpático, encantador y hasta brillante. Impecable en su papel. Al director coreano se le recibió también de acuerdo al guión: como al esperado más esperado entre los cineastas presentes. No importaba que no compita. O quizás por eso. Porque tras el pase no hay que romperse la cabeza pensando en si un festín de muertes ingeniosas de Pattinson por el espacio sideral tendrá cabida en un palmarés. A quién le importa si se hace o no larga. 

El segundo ser nacido para deslumbrar sobre la alfombra roja y poco fue Timothée Chalamet y su 'A complete Unknown', de James Mangold. El biopic con el que el ídolo de adolescentes y generación siguiente vuelve a aspirar al Oscar, tras su 'Call me by your name'. 

La idea es que todo aquel que escriba sobre el film afirme que el actor 'se pone en la piel' de Bob Dylan, destaque incluso que es él quien canta, que preparó para ello durante cinco años y este tipo de cosas. Todo es rigurosamente cierto. Pero no hay justificación alguna para querer verla si no de es devoto de Chalamet o, al menos, de Dylan. También puede ocurrir que a los realmente fieles a Dylan les parezca una atrocidad ese 'acercamiento' al personaje o sus interpretaciones. En ese caso, el ámbito de auténticamente fascinados de reduce. También se escluye de la criba a los amantes de Joan Baez, a los que probablemente se les revuelvan las tripas ante la versión de niña boba y caprichosa, con hechuras de top-model o influencer de Instragran que se da del personaje. 

Seguramente Chalamet también estaba incluido en el programa por eso de que la Berlinale entra en el circuito promocional para los nominados a los Oscar. Hizo las delicias de quienes le adoran, que aparentemente son muchos y muchas. Desfiló por Berlinale de rosa, incluida la camiseta imperio bajo con que se exhibió tras el desfile por la alfombra roja. Como todo el mundo sabe, los actores de verdad no sienten el frío si de trata de mostrar su piel. 

Pattinson camina firmemente hacia su redención incluso para quienes pensaban que nunca sería un actor, sino solo un vampiro. Chalamet sigue siendo insufrible para quienes no entienden qué le ven a ese adolescente. Hay abismos generacionales que no se superan ni en la Berlinale. 

viernes, 14 de febrero de 2025

Bienvenido el cine familiar chino y sus plañideras


A la Berlinale se acude básicamente en busca de reencuentros. La acreditación de todos los años, el señor que coloca aguas y micrófonos para las ruedas de prensa, que sigue siendo el mismo desde que recuerdas. El frío glacial de la sala de trabajo para los medios, en las catacumbas del Berlinale Palast. O el jurado internacional, donde siempre suele incluirse algún nombre que en el pasado compitió por los Osos. Este año ese papel le correspondió al argentino Rodrigo Moreno, formidable director en 2006 de 'El custodio" y decepción en 2011 con 'Un mundo misterioso'.
Algún colega argentino no me perdonó en su momento la crónica mía, entonces para la Agencia Efe, la de mayor difusión en España y Latinoamérica, sobre ese segundo producto. Atribuyó mi descontento a que no sé de cine. 

La presidencia del jurado no corresponde en este 75 festival a alguien vistoso como Tilda Swinton, sino a un tal Todd Haynes que, como no sé de cine, puedo confesar sin tapujos que no sabía exactamente quién es hasta mirarme el catálogo. Como este blog es privado tampoco me veo en la necesidad de buscar referencias para aparentar lo contrario. Con mencionarlo basta y sobra. Con Tilda, miembro del jurado en 2009, se tenía el factor fotogénico asegurado.
Swinton volvía a la Berlinale, pero esta vez como  receptora del Oso de Oro de Honor, una especie de tributo a esta amiga fiel del festival. 
La homenajeada de la 75 edición, además de brindar buenas fotos, fastidió un poco a la organización por su respaldo expresó al boicot a Israel. 

Es el primer año con Tricia Tuttle al frente del festival y por supuesto saltaron los titulares de la gendarmería política alemana apuntando a desliz antisemita. Otro reencuentro. La reputación de festival político de la Berlinale suele plasmarse con el apoyo a Irán, a Ucrania o a otras latitudes, sin generar demasiada controversia. Con Israel no hay manera de hacerlo bien. La culpa por el Holocausto sigue pesando demasiado como para expresar solidaridad hacia Gaza o denunciar las atrocidades de Benjamin Netanjahu sin levantar sospechas.  

El más notable, puestos a hablar de cine, fue el tributo al buen cine chino que de nuevo rindió la Berlinale. Desde tiempos de Moritz de Hadeln, o incluso antes, hay una o dos o tres producciones asiáticas, preferentemente chinas, que nos saludan en la sesión de las nueve de la mañana. Algunos colegas se la saltan, los más disciplinados asistimos. Pocas veces nos arrepentimos, incluso si eso ocurre hacia el final de los diez días de festival, cuando los ojos empiezan a quejarse de todo.
Este año fue el primer día, gracias Tricia. 'Living the Land', se llamaba la maravilla filmada por Hou Meng. Puro cine familiar chino, que arranca con un entierro donde se nos recuerda la universalidad de las plañideras y también una de las formas de ejercer la brutalidad contra la mujer como son los matrimonios concertados.

El reverso de la medalla fue algo llamado "Hot milk", un despropósito con tres mujeres haciendo el ridículo de diversas formas por las playas de Almería, probablemente Agua Amarga. Una de ellas, Vicky Krieps, actriz formidable según la gente que sí sabe de cine. 





 

miércoles, 12 de febrero de 2025

Abriendo la 75 edición: de nuevo, el trasero de Lars



Las previas en formato clásico de la Berlinale destacaban para esta 75 edición un par de nombres invitados a exhibirse, pero fuera de competición, como Robert Pattinson y Timothée Chalamet. También el regreso a la casa de Richard Linklater con Ethan Hawke como protagonista de su 'Blue Moon', teórico plato fuerte entre las 19 aspirantes a los Osos, con permiso de 'Dreams', de Michel Franco, y la siempre espléndida Jessica Chastain. Era el lead casi obligado para una Berlinale que se prometía impracticable para los corresponsales. A la inoportuna presencia en el primer fin de semana de la Conferencia de Seguridad de Múnich, MSC, un obstáculo ya conocido de años anteriores, se añadía la recta final para las elecciones generales de 23 de febrero. Unos comicios clave para el futuro de Europa, como suele decirse.

La primera jornada o etapa previa era casi de relax. La película inaugural, fuera de concurso, era 'Das Licht', de Tom Tykwer, con un viejo conocido en el papel protagonista: el culo de Lars Eidinger. Una parte del cuerpo humano que el actor alemán se empeña en exhibir probablemente en todas sus películas o inclusive cuando no acude a la Berlinale como actor. El precedente más recordado por esta corresponsal fue en 2016. 
A más tardar en febrero de ese año, y en ocasión de la Berlinale, la prensa sensacionalista alemana tomó buena cuenta de que en las fiestas de la embajada española podían pasar cosas destacables. Eidinger era ese año miembro del jurado y acudía al evento para darle brillantez, además de pinchar discos. 
Pero acabó brindando mucho más que eso. Se subió a una mesa, se bajó los pantalones y se entregó briosamente al baile con el culo al aire. Fue el bocado ideal para 'Bild' y demás tabloides. 

Alguno recordó ya entonces que el culo de Lars no debería ser, en rigor, noticia. Tampoco la merca presencia del actor en un acto, de la clase que sea, puesto que es  especie de mascota en el festival berlinés. Se recuerdan pocas Berlinales recientes sin al menos una película protagonizada por Eidinger. Tal vez sus contratos incluyen una cláusula o exigencia explícita a mostrarse. No importa a las órdenes de qué director o directora del ámbito alemán se ponga. Ahí está él.
Su anterior aparición en pantalla en la Berlinale fue en 2024, con 'Sterben', una exhibición de muertes en familia en 180 minutos dirigida por Matthias Glasner, otro director en nómina del festival. Que este años abriera con 'Das Licht' y Tykwer respondía a la regla no escrita según la cual para el primer día se precisa cierto magnetismo sobre la alfombra roja. De no contar con estrellato internacional, al menos rostros o culos conocidos.

A la gala llegó Lars con uno de esos trajes desorbitadamente enormes, lo que indica que esa debe ser la moda actual. No exhibió ahí su conocido trasero. Pero seguramente alguien consideró que ya bastaba con el protagonismo que tiene en la película de Tykwer. 'Das Licht' discurre estratégicamente entre chaparrones o diluvios, de modo que Lars, un padre de familia en bicicleta, cada vez que llega a casa se desviste por completo para que, además del ya conocido culo, se vea por fin al resto del cuerpo desnudo del actor. De nuevo, Eidinger lo dio todo. 'Das Licht', por lo demás, tiene algunas cosas buenas. Especialmente el retrato de una familia alemana muy de nuestros días, donde cada uno va por su lado. Eso fue todo.

Todo apunta a queserá una Berlinale como las que llevábamos tiempo sin disfrutar: con las calles nevadas. Saliendo del pase avanzado para los medios cayeron los primeros copos. Otra forma de reencuentro, tras varios consecutivos a temperaturas inusitadamente altas para lo que es o fue un febrero en Berlín. Nada que ver con las impresionantes nevadas de años míticos, al menos por el momento. Pero bonito para estrenar la acreditación de su 75 edición oficial, la 34 en lo cómputo personal.  A los medios ya hace unos años que no se nos regala una bolsa, ni se nos entrega un catálogo, puesto que solo existe online. Tampoco hay obsequios del pintalabios L'Oreal que bien administrado se lleva el resto del año en el bolso. Pero pesa más lo que sigue siendo como siempre o lo que diferencia a los que presumimos de que conocemos el festival de los recién llegados. A esos se les explica con gesto compungido cómo ha decaído el festival, su pérdida de visibilidad o la desaparición de lo que fueron nuestros bares preferidos y por qué no pisamos, ni pisaremos, el imperio del fast food actual.